No te decides a entrar. Las sucias letras de neón con su involuntaria falta de ortografía te asustan: “otel”. A tu espalda: el ruido de los camiones urbanos, el paso de la gente que no se percata de tu existencia, el acaecido atardecer, el olor de aceite rancio y agua estancada. Y ella, también ahí, esperando que resuelvas la situación. Sobre ti: el vano de la puerta del viejo edificio. Frente a ti: un piso color mostaza pretendiendo estar limpio hasta el fondo del pasillo bordeado de puertas anónimas; un enorme mostrador de madera café, profusamente oscuro, sostiene el cuerpo de un encargado equitativamente obeso. Y oscuro; plática de él con una mujer que fuma su cigarro de manera, piensa ella, seductora. La mirada hacia ti. Tu turno.
No lo podías creer. Después de estar escuchando durante casi dos horas, su turno, las presunciones amorosas de tu amigo Osvaldo, aburrido y medio incrédulo, tragada la envidia te ocurre esto: de regreso a tu hogar pasaste caminando por innumerables paradas de camión, sin apuro, ¿quién tiene prisa por llegar temprano a casa siendo adolescente y estando de vacaciones?, la viste sin demasiada atención: una chava que carga un bolso algo abultado, su espalda fina, sus caderas amplias, su pelo como te encanta: largo y crespo. Y finalmente su mirada directo a tus ojos; no fue un flechazo, ni un toque eléctrico, ni los webos en la garganta, fue simplemente algo que te dejó paralizado, justo en la parada del camión. La ves.
La mujer detiene el cigarrillo a medio camino entre la mano y su boca; te escanea con dopadas pupilas de rayos equis pero no tienes cabeza para pensar que no te atraviesa los calzoncillos sino la cartera y al hacerlo el cigarro llega a su objetivo y una bocanada termina su certero análisis. Esa distracción atrae la pesada mirada del hombre que, en camiseta de tirantes, sudada, se apoya en el mostrador que lucha por mantener esa humanidad en un estado de reposo sobre las manazas que te parecen desproporcionadamente grandes y siniestras, aparte de sucias.
-- ¿Qué quieres?
No lo sabes, pero te haces wey esperando un camión que no necesitas, la chava sí. Te sonríe y juegas a poner rostro de galán. Lo único que consigues es una cara de borreguito medio estúpido que alcanza a balar un casi inaudible “hola, ¿a dónde vas?” Así te enteras: va a la estación del ferrocarril; se larga de su casa por un problema, grave, con su papá; se llama Lucía; no está segura de si ir con su tía a Matamoros o llegarle con una amiga a Linares. Su voz te encanta, su edad, y la tuya, también. El camión se acerca y buceas en tus bolsillos.
Lo más que alcanzas a juntar son sesenta y ocho pesos con treinta centavos. El tipo pregunta si estás pendejo o si no sabes leer. Ciento veinte el cuarto. Por dos horas, aclara. Pago por evento. La mujer del cigarro pasa a tu lado, te dice “tan lindo, tan caliente y tan jodido”, la bocanada casi te hace toser. Sabes que lo único que verá Lucía desde la acera de enfrente es tu flaco cuerpo encaramado al mostrador negociando, la voz temblorosa, un arreglo con el obeso cancerbero. No. Este es un hotel decente, dice. Claro, con putas incluidas, piensas. Ni media hora.
Tal vez veinte minutos y ya ligaste. Crees. Su cabeza está recargada junto a la tuya, tratas de contrarrestar el inclemente zangoloteo del camión para hacer esa travesía lo más tierna posible. El abrazo sobre su hombro te permite rozar su seno, ella toma tu mano y te hace aprisionarlo. Han bajado y como buen caballero cargas su maleta, también en parte para ocultar tu emoción, se nota mucho y te da pena; no sabes de dónde sacas el valor para proponerle ir a un hotel pero, cosas de la improvisación, no traes mucho dinero. Lucía, con una mirada tan dulce como perdida, acepta, se cuelga de tu brazo y la tomas por la cintura. No lo puedes creer, no-lo-pue-des-cre-er, nolopuedescreer. Casi eres hombre. Muérete de la envidia Osvaldo.
¿Por qué jodidos no te regresas a pedirle dinero? Es tu amigo, ¿Y perder esta oportunidad? Ni madres. Piensas, piensas, o pretendes pensar. ¿Un faje en un callejón? ¿Una cogida completa en los abandonados puestos cerca de la estación? ¿O a lo mejor en… Un terso roce en tu mano te vuelve a la realidad y te baja la calentura. Dice “me tengo que ir”. Y suavemente te guía a la entrada de la estación. Saca su dinero. Linares está más cerca y con su amiga, está casi segura, su papá no la encontrará. Jamás. La acompañas como si fueras su novio y sientes su marcha como si fuera, o hubiera sido, tu mujer. Un nudo, sólo eso, en tu garganta.
Con un abrazo todo ternura, erección involuntaria incluida, casi termina tu encuentro. Le has regresado la mochila. Sabes que llora aunque ignoras por qué. En ese abrazo sientes cosas que jamás habías sentido, ella te susurra al oído, muy, muy quedito, “hubiera preferido que tú fueras el padre de mi hijo…” La gangosa voz del parlante no te deja captar nada. Y aún más débil “…y no que fuera el mío”. No, no comprendes, tal vez lo entiendas después, mucho después, hoy por ejemplo. Aprovechas el abrazo para poner tu fortuna en su maleta sin que se de cuenta.
Carril número siete, el “Regiomontano” emprende lentamente su marcha, la ventanilla abierta te deja reflejarte por última vez en sus ojos antes de que el tren acelere y se pierda en la noche. Te queda: el andén casi vacío, el olor a diesel, la gente que no se mira, nunca se mira. Su número de celular no, aùn no existen. La noche con su pegajoso calor.
Tarde regresas a pie de la estación a tu casa, lejos. Un beso. En tu boca. Sólo. Te sientes Hombre. El primero.
El regaño valdrá la pena.
El recuerdo también.
Hola Chipi, ¿cómo estamos?
ResponderEliminarespero que muuuu bien. :)
Hola, Karola.
ResponderEliminarAquì seguimos.
Tù què tal?
Yo muy bien, muchas gracias.
ResponderEliminaraunque pasada por aguas, llueve muchísimoooo.
:)
Hola chipi.
ResponderEliminarSe te ha pasao ya el sofocón?
se te ve más tranki tronko, :) ayer te vi en el bus, ni parecías tú. Y yo, de excursionista. :)