Medicina alternativa... hiper


         
               Mi abuelo, gran médico y por ende gran escéptico, no me creería si le contara que practico la sanación a distancia. Me tacharía de charlatán, me acusaría de fraude, de racionar el espíritu del esculapio y el caduceo. No importa, no vivió para verlo. Y no tengo ni idea de por qué lo recordé precisamente hoy.

         Estamos en guerra, el mundo siempre lo ha estado; los servicios médicos escasean así que echan mano incluso de nosotros los residentes. Me arden los ojos y heme aquí marchando al sitio de trabajo llamado por una emergencia a mitad de la noche sofocante. Llegué a la cafetería por algo legal que me estimule. Espero todo salga bien.

La escuela de medicina de un tiempo para acá ha abierto sus puertas a teorías, técnicas y prácticas que antes nos parecerían imposibles pero no ahora con el avance de la ciencia y la tecnología. Por aquí han pasado, aunque no siempre permanecido, la homeopatía, la hipnosis, la curación con cristales, con energía, la orinoterapia, en fin un sinnúmero de formas de sanar el cuerpo humano. Incluso los muebles de la cafetería hacen honor al feng shui. En lo personal me decidí por la opción que, supongo yo, tiene más futuro. Rememoro todo eso mientras cruzo por el pasillo bordeado de puertas que tienen tatuadas, algunas ya borradas, aquellas especialidades. El café me quema y debo apurarme.

         Médico de guerra. Me pone nervioso, no el trabajo en sí, sino mis responsabilidades. Son las cuatro de la mañana, estoy aún medio dormido pero ya tengo frente a mis ojos el primer caso que requiere de toda mi atención. Un soldado raso herido por fragmentos de metralla clavados en su abdomen, pierna derecha e incluso, creo, uno en su cuello. Profusas hemorragias.
        
Sin embargo, entre todas las opciones nuevas y aparentemente esotéricas, la curación a distancia ha sido de lo más práctico y provechoso que ha desarrollado nuestra escuela. Siendo el alumno de mejor promedio conté con el privilegio de elegir esta especialidad. Así que ahora no tengo razones para quejarme. Yo aquí, a salvo en la escuela; mi paciente allá, tirado en el fango, sembrado de esquirlas, a grito abierto, suplicando por su vida. Me dispongo a proceder.

Concentrado al máximo puedo, pero no quiero, sumergirme tanto en la escena dantesca. Prefiero no escuchar y no escucho. Gritos, explosiones, aviones, disparos, tanques, humo. No puedo dejar de verlos pero sí de oírlos si así lo elijo. Una potente explosión de luz me deja apreciar un rictus de dolor empapado en miedo. Me concentro aún más. Desde aquí puedo conocer su temperatura, su baja presión arterial, el desbocado ritmo cardiaco todo con sólo extender mis manos. Soy bueno.

En su día Einstein llegó a definirlo como "efecto fantasma remoto" o bien, suponía la existencia en la física cuántica de efectos remotos causados por fotones entrecruzados (fotones gemelos). También en eso el genio se equivocó. Dios sí juega a los dados después de todo, pero aquí las cosas, con práctica, buenas habilidades y mejores recursos, son mucho más simples. Mucho.

He estabilizado su frecuencia cardiaca y calmado su dolor, a miles de kilómetros de distancia. Puedo, abuelo, puedo. Me dispongo a hacer salir todos los trozos de metal que logre antes de pedir que lo recojan y lo trasladen. Siento que mi energía está decayendo, debo apurarme.

He curado riñones, destapado arterias, desecho piedras vesiculares e incluso circuncisiones. Todos sin estar frente a paciente alguno. De eso se trata mi especialidad. Algo alternativo pero realmente útil. Mientras doy el último sorbo a mi frío café una alarma me regresa a la realidad.

 Tyler Hicks/The New York Times

Mi energía, ¡ha fallado mi energía! No podré terminar mi curación si tengo tan bajos mis niveles energéticos. Creo que debo pedir ayuda pero el médico encargado está en casa y tardará en llegar para asistirme. Debo resolverlo solo y pronto. En aquel lejano ambiente alcanzo a percibir, gracias a una bengala enemiga en el cielo nocturno, un médico caído bajo una torrencial lluvia. Debo acercarme y tomar su energía, ya no le hace falta, está fuera de contacto. Regresaré a completar el procedimiento médico del soldado. Espero que resista. Su sudor frío me hace dudarlo.

 Una nueva taza de café suficientemente caliente y el médico caído me acompañan.
— Lograste salvarlo, ¿eh? —pregunta mi colega.
         — Así fue, tomé tu pila de energía y logré hacerlo aguantar hasta que llegó el transporte por él —el café arde.
— Te felicito. Mi día no fue tan bueno, me falló totalmente el brazo en plena amputación.
— Lo siento. He escuchado que los servos de tu modelo están dando problemas —nos enfilamos a la salida del hospital universitario.
— Sí, tienen fallas en los comunicadores, por eso no obedecen.
— Corrí con suerte de que me dieran un servomédico de los nuevos. No sé cómo practicaríamos la sanación a distancia sin esos equipos que nos donó el hospital miltar —el sol brilla en un cielo diáfano.
— Ni yo.


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