Hoy quedé de comer con una amiga con la que juego un juego medio perverso. Bueno, varios. Pero este en particular hace uso del poder de observación del escritor.
—¿Juegas? —le digo mientras esperamos en la mesa que nos traigan nuestras asquerosas Carls Jr. Qué quieres, ya era tarde y fue lo más cercano que se nos atravesó. Traía un xingo de hambre.
—Ya vas a empezar…—ya sabe de qué va—. ¿Qué apuestas?
Le piensa mientras ve alrededor de todo el local, no hay mucha gente, no son horas de comer.
—Va. ¿Quiénes? —acepta. Siempre acepta.
—La parejita que está en la caja —le señalo un chavillo flaco en mochila y shorts acompañado de una chava que le llega a la barbilla y está casi a su lado. No se tocan.
—Son noviecillos, ¿qué le vas a adivinar a una pareja de pubertos?
—¿Esa es tu apuesta? Lol.
Me mira desconfiada, vuelve a ver a la pareja y me dice —Anda, saca tus perversiones.
—Ella es su sugarmami y vienen de comerse.
Palmface que dura un rato, silencio, vuelta la vista a la caja y un sonoro “No mames”. Nos llegan nuestras carls y le recuerdo que si acierto ella me regresa lo que pagué.
—No mames —me reafirma—. Mira, nada más la abraza como noviecito sano y santo —sólo los vemos de espaldas, ella rubia y chaparrita, no vemos, bueno, mi amiga, no ve más. Yo sí.
—Ella va a pagar —digo mientras ataco las criscut.
Silencio expectante. Después de un momento, ella le da un besito en el cachete al morro y él agarra los vasos, va, los llena, naranja uno, de dieta el otro, y procede a sentarse. Ella aguarda en la caja, ella paga.
—Te odio, pero eso no prueba nada.
—Prepara tu lana —el morrillo se sienta a una mesa de la nuestra—. La soda de dieta es para ella. Vienen de fornicar.
—No mames.
—Come, se te va a enfriar.
La primera vez que leí Estudio en escarlata, me sorprendieron las habilidades del protagonista. Con las series me pasa lo mismo. Es un agasajo ver, apostar y acertar.
—¿Cómo?
—Sí, come.
—No te hagas wey, ¿cómo supiste que ella iba a pagar?
—Ah, eso, el morrillo trae la mochila en la espalda con ambos tirantes, su short no trae bolsillos, si trae cartera debería sacarla de la mochila y nunca hizo el intento por quitársela, amén que él siempre estuvo detrás de la damisela. Ella, no trae mochila, trae UN bolso, noviecilla, sí ajá, en la mano un llavero, ella trae carro, ella paga la comida, el hotel y lo que haga falta y a él ya se lo comió.
—No mames. ¿có…
—Si lo ves por el reflejo de la ventana, para que no te veas tan chismosa, te darás cuenta que el morro trae un gallo —se me queda viendo así como que no entiende—, trae los pelos de la coronilla todos parados. No se acaba de despertar pero se acaba de levantar. No, no huelen a jabón chiquito. Hay que regresarle temprano el pollo a sus papás.
—Eres un pervertido, no mames.
La mujer en cuestión, ahora mi amiga ya me cree que no son de la misma edad, usa lentes y está fornidita daietcoc, pasa por nuestra mesa jugando con el llavero y cantando una canción de alguna cantante que no sé ubicar.
—La gente debería tener sexo más seguido —le digo a mi amiga—. Cuando fornicas rico, todo el día andas bien pinche feliz cante y cante. Y a ella se le nota la felicidad. ¿Me das de tus aros de cebolla?
—Estás bien pinche enfermo, es su mamá.
—Sí, te lo dije desde el principio, es su sugarmami. Y a no ser que sean rusos, tu hermano no le da besos de lengua a tu mamá, ¿o sí? —le señalo el momento y la dirección precisos—. ¿Quieres subir la apuesta?
—No —con odio.
—Ella es maestra y casi podría apostar que es maestra de él.
—Ay, no mames. Y eso ¿cómo lo vas a probar?
—Come, ni le has mordido nada a tu hamburguesa.
Como el carls está supercerca de la estación Anaya, donde empieza y termina la ruta de los camiones que hacen como si fueran la línea dos del metro, allí suben y bajan los estudiantes de la uni, vemos entrar a un grupito de estudiantas y pedir su orden. En la mesa de estudio los especímenes sólo se dan furtivamente la manita o rozan los meñiques pero a la ticher se le nota que se la pasó bien. Les traen sus hamburguesas.
En eso, el grupito de morritas, tooodas traen mochila, agarra mesa, pasan por la pareja en cuestión y una de ellas saluda: Maestra, hola, cómo está.
La aludida se pone coloradacolorada mientras dice bienbien. El morro se hunde en su asiento. A mi amiga se le atora un pepinillo.
“Hola, Carlos“ (se han cambiado los nombres para proteger la identidad de los personajes, neeh, nocierto) dice la misma chica liosa. El tal Carlitos sólo (con tilde) alza la manita y se atraganta con la soda.
—Te pinches odio —me dice con coraje mi acompañante.
—Lo sé. Creo que me gané una ida al Sierra Madre, ¿no?
—Odio que hagas eso.
—Odias que le atine. ¿El martes o qué?
—Te pinches odio.
—Relax, soy brujo. O escritor si prefieres.
Si llegaste hasta acá, déjame te digo que te encanta el chisme.
Por eso me caes bien.
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