Mudanzas.


— Pero ¿Qué demonios significa todo esto? —gritó Gabriel a su esposa quien seguía en el vano de la puerta con la caja de pizza y algunas bolsas.
— Creo que ya lo sabes —con la calma más absoluta Sara deposita en un sillón las que pensaba eran las últimas cosas de la mudanza.
— Sí, lo sé —contestó Gabriel mirando a una niña vestida con prendas demasiado grandes para su cuerpo quien sostiene en brazos un bebé envuelto en una playera deportiva, acompañados ambos de un cachorrito en el centro de la sala de su nuevo departamento.
— Ahora, Gabriel, tendremos que arreglar todo esto. Hola, Lucero —Sara se dirige a la cocina. Una mirada de desconcierto a punto de llanto es la respuesta de la aludida.


Aquella mañana Sara había aceptado la ayuda de una de sus alumnas —Lucero— para terminar su mudanza.
— Lo único que queda por hacer es subir las cajas de mi piso hasta el dieciocho, pues hasta ahí llega el elevador; Después debes subir las escaleras, atravesar el piso diecinueve y llegar al veinte.
— O sea, nada complicado, maestra —confirmó Lucero con su peculiar tono.
— No, en realdad nada complicado, sólo que...  —Sara se lo pensó mejor y se guardó la advertencia.
— O sea, voy pedirle a Mauri que me ayude, tipo que él no va hoy a la escuela. ¿A poco no está, o sea tipo, bien cuero, maestra?
— Buenos días, Lucero; Sara, voy a sacar a pasear a Coster mientras terminas de darle todas... —Gabriel recalcó con una fija mirada la última palabra— las instrucciones a Lucero.
— Hola, señor Gabriel. Hola, Coster —la chica acaricia la cabeza del viejo husky siberiano gris de la pareja.


Cerca del mediodía por la acera del edificio de la mudanza Lucero, emocionada, trata de animar a su desmañanado novio.
 — O sea, vamos, flojo, no es gran cosa lo que debemos mover, tipo que si terminamos rápido podemos usar cualquiera de los dos depas para nosotros solos. O los dos. ¡De pelos! Como siempre dice el marido de la maestra: “Si lo sabes usar... úsalo”.
Mauricio resistió el codo de Lucero en sus costillas, soltó un gruñido seguido de un bostezo. — Lo sé usar, lo sé usar.


El teléfono celular sacó de sus actividades a Sara —Pronto.
— Sara, soy yo; Me pregunto si le diste todas las instrucciones a Lucero, me preocupa que...
— No tienes porque preocuparte Gabriel; Le dejé muy claro lo que tenía que hacer —Sara encendía un nuevo cigarro mirando su escritorio repleto de papeles.
— No me preocupa lo que tiene que hacer, sino lo que no debe hacer —Gabriel sonaba preocupado y ocupado.
— Lo pensé mejor y dejé una nota en la sala, tranquilízate, no habrá problemas amor, tú tranquilo. Chau.


Con un juego de llaves de ambos departamentos Lucero no termina de encontrar la que abre el del piso inferior: el quince veintiséis.
— Déjame ayudarte —ofreció Mauricio más por inercia que por convicción. Dio con la llave pero la puerta se resistía, se empeñó con un empujón... — ¡Puta puerta! —la repentina entrada lo mandó al suelo, no sin antes llevarse de encuentro la mesita donde Sara les dejó el recado. Un asustado perro los reconoció.
— Ah, cositas, ¿te pegaste? —entró Lucero para tomar en sus brazos a Coster.
— ¡Méndiga! ¡El que se pegó fui yo! No ese pinche perro —protesta desde el suelo  sobándose un codo.
— ¡Ay! O sea, no seas escandaloso amorcito y no digas palabrotas, plis. Ándale, vamos a mover las cajas, no son tantas como en la mañana, tipo ellos ya subieron algunas.
— Oye, tus maestros son italianos ¿verdad? —mientras admira algunos de los últimos cuadros que decoran la pared, aún con la mano en su codo.
— Sí, creo que llegaron tipo hace mucho tiempo aquí.
— Y les gusta el arte por lo que veo. Mira, una Mona Luisa.
— Lisa, amorcito, Lisa; Asshh, que oso contigo.


Nueva llamada, nueva interrupción.
— ¿Sí?
— Soy yo de nuevo...
— ¡Gabriel! —contestó Sara tratando de controlar la voz— Estoy en clase, ¿Qué pasa ahora?
— ¿Les dijiste del piso diecinueve? ¿Que se fijaran bien en los números de la puerta de la escalera?
Un silencio tensó la línea telefónica.
— Entiende, no hay problema, las instrucciones fueron clarísimas. No hay lugar a equivocaciones. Te regreso la llamada, Chao, amore mío.


El elevador alcanzó su cima: el piso dieciocho. Mauricio y Lucero descargan las cajas en el pasillo.
— Doce cajas y la mayoría sólo tiene cuadros y más cuadros. Tal vez terminemos en dos viajes más. ¿Ahora qué, chiquilla?
— Sígueme, niño —mientras carga en una mano una paleta y en la otra unas bolsas de papel grandes y ligeras.
Frente al elevador un letrero reza: Bodega.
— Por aquí —indica ella. En la planta diecinueve ordena: “Busca la puerta que dice “2005” ahí están las escaleras que van al piso veinte”.
— Y ¿eso por qué? ¿Se les terminaron los letreros que dicen “escaleras” o qué onda? —pregunta Mauricio con más cajas de las que sus fuerzas le permiten cargar.
— ¡Ay! —la paleta sale de la boca de su compañera— o sea, a ti que te valga Mauri, no venimos aquí de inspectores, ¿okey? —la paleta regresa; Los ademanes cesan.

El segundo viaje se repartieron las tareas: Lucero carga las cajas, de una en una, en el elevador y lo vacía en el piso dieciocho; Mauricio hace lo más pesado: subir las cajas por las escaleras dos pisos.
Y en una de sus vueltas la inercia le hizo cometer un error, no entró en la puerta marcada con “2005”, entró en la que decía “2000”. Grave error.

Lucero desespera al ver a Mauricio no regresar. Diez minutos ha que se había ido. Fue a buscarlo. En el piso diecinueve estuvo a punto de abrir la puerta frente a las escaleras, algo la hizo detenerse y leer: “2000”. Sara se lo aclaró varias veces: — Sólo puedes encontrar las escaleras en la puerta marcada con el “2005” —rectificó y buscó la puerta indicada. Ahora esa está cuatro lugares a su izquierda. Un leve sentimiento de extrañeza no logra desviarla.

En el pasillo un jovencito viste la playera deportiva, los pantalones de mezclilla y los zapatos tenis de Mauricio; Todo le queda grande, más grande y flojo que hace un par de minutos. Busca a alguien pero desubicado no se decide por hacer algo. Espera y finalmente baja por las escaleras.


— Sara.
— ¡Gabriel! Me asustaste, ¿qué haces aquí? ¿No tienes clase?
La toma por un brazo y la saca de la fila de la cafetería. Se sientan en una mesa; Ambos fuman: él nervioso, ella fastidiada.
— Tengo un mal presentimiento de todo esto, Sara, creo que deberíamos ir al departamento para ver si no les pasa nada...
— No tienes idea de lo que me estas pidiendo —la bocanada de cigarro acompaña las palabras de Sara— voy a dar una conferencia del arte en el renacimiento y no puedo hacer lo que me pides. Por eso acepté la ayuda de Lucero.
— ¡Porca miseria! Me va emputar tener que arreglar algo que podemos evitar —otra bocanada acompaña esta respuesta.
— Si quieres ve tú. Ya te dije, yo no puedo —Sara termina de apagar su cigarro—. Además ¿qué es lo más grave que puede pasar? Son un par de adolescentes con instrucciones claras, por dios, Gabriel. No seas tan paranoico.
— Eso es lo que me preocupa. No hay mucho camino por recorrer —la colilla de cigarro terminó al mismo tiempo que la conversación.


Lucero regresa al departamento quince veintiséis; Ve el número ocho en la espalda de la playera de Mauricio que inclinado acaricia al perro.
— Oye, pero, o sea, ¿Qué te pasa? ¿Por qué no... ? ¡Ahhhhhhh! ¿Quién eres tú? ¿Qué le hiciste a Mauri? Tipo ¿Por qué traes su ropa?
— Calmada, chiquilla. Soy yo: Mauricio, ¿Qué? ¿No me conoces? —contestó el jovencito mientras se pone de pie.
— ¡No manches! O sea, pero que sí para nada. ¿Por qué le quitaste su ropa?
— Soy yo, Lucero, ¿ Por qué no me reconoces?
— Nooooooooo, pero, o sea, no, para nada, para nada, Mauri tiene diecisiete años y tú no tienes ni doce; él tiene unos brazotes y tú estás... enclenque, efebo mentiroso.
— Tienes una mariposa tatuada en la pompi derecha —Mauricio regresa a jugar con el perro— Así arribita —indica en su propia nalga y se hace el silencio.

El ruidoso teléfono la asusta, la regresa a la realidad y la hace cerrar la boca.
— Bue… bueno.
— ¡Lucero! ¿Cómo te va? ¿Ya terminaron?
— No, maestra... esteeeee, apenas llevamos el primer viaje...
— ¿Estás bien? ¿Siempre sí te ayudó Mauricio?
— Sí, sí, sólo que... se... se le... ¡se le hizo temprano!
— ¿Cómo?
— Tarde, quise decir tarde, tarde. No se preocupe maestra, todo está bien. Tipo si quiere le marco cuando terminemos. ¿Sí? Bueno, baaay.

— Dame un beso, chiquilla —Mauricio trata de abrazar a Lucero por la espalda.
— ¡Noooo! O sea, ¿Qué te pasa? ¿Estás mal de la cabeza? Alucinas caca o ¿qué tienes? —se retira molesta.
— Pero ¿Por qué? si tú y yo somos novios, ¿no te acuerdas? —responde recogiéndose las mangas de la playera y subiéndose el pantalón que le queda obviamente grande. Las bastillas dobladas.
— Nononono, aquí está pasando algo muy raro, o sea, tipo brujería o algo. Hace mucho tiempo que no te veía... ¡así! Si ya eras, o sea, “fashion”.
— ¿De que hablas, chiquilla? ¿Lo dices por mis pantalones? Sí así se usan.
— Ven, acompáñame —baja la voz —. Naquito.

De nuevo en el piso diecinueve Lucero trata de razonar.
— A ver, o sea, hace un momento tú entraste tipo en una de estas puertas. ¿Recuerdas?
Reventando el globito de su chicle contesta —Possss, como que sí.
— ¡¿Pos?! —se espanta— O sea, bueno equis. Pero dime tipo ¿cual fue?
Nuevo globo, nueva respuesta — Posss esa —indica la que está frente a las escaleras.
— Okey, métete ahí —ordena nerviosa empujándolo de los hombros. Ella es más alta.
— Achis, y ¿yo por qué? —le reta y se detiene. Las manos en los bolsillos.
— Porque, o sea, tú tenías diecisiete años hace dos minutos y ahora tienes doce, ya no eras naco y ahora... ¡Uff! Pienso que todo fue por haberte metido tipo en esa puerta. O sea, si entras ahí de nuevo yo creo que vuelves a la normalidad, tipo no pasó nada y todos okey. ¿Sí?
— Neeeee. Dame un beso, morra.
— ¡Ahhh! ¡Mauricio! Haz lo que te digo —la histeria amenaza—. ¡Y no me digas así! Me cho-ca.
— Ándale y me meto ahí —Mauricio frunce sus labios con rastros de chicle en el incipiente bigotito—. Soy tu novio, ¿recuerdas? Besito, besito, besito.
— ¡Mauricio! —incrédula­— ¡Estás... mudando!
— Sí, possss a eso venimos ¿qué no? A mudar a tu maestra de depa. Besito.
— Te faltan dientes, tonto, tipo estás mudando de dientes.
— Besito y entro.
— Argggghhhh —tras un beso fugaz—. ¡Pero ya! Métete ahí, te quedas dos minutos y vuelves a salir. Normal, plis.
— ¿En esta? —pregunta Mauricio indicando la puerta que está frente a las escaleras, el letrero dice “1998”. Pop, el chicle.


— Gabriel.
— ¿Qué pasó? Sara —contesta mucho más relajado.
— Acabo de hablar con Lucero... —si el humo del cigarro viajara por el teléfono, Gabriel estaría tosiendo.
— ¿Y? ¿Todo bien? Permíteme un segundo... me puse a redactar un discurso para el director, presenta mañana un libro sobre Miguel Ángel. ¿Todo bien?
— Sí, sí, todo bien, Gabriel, sólo quería... —se arrepiente— ...que lo supieras y estuvieras más tranquilo, amor.
— Gracias, mi vida. Nos vemos en un par de horas. Chao.
La uña del dedo meñique de Sara había desaparecido. En dos horas podría estar sin manos.


Cuidando con nerviosismo que nadie suba por las escaleras Lucero no se percata de la salida de Mauricio del departamento en que lo había hecho entrar.
— ¡Buuu!
— ¡Mauricio! No me piques las costillas —reclama Lucero mientras cierra la puerta de las escaleras y se gira para...— ¡Ahhhhhhh!—.
En respuesta la risa de un niño de cinco años que se aleja por el pasillo mientras se deshace de unos pantalones que le quedan enormes. Se pierde con sólo la playera deportiva.
— ¡No! Mauricio, ven par acá.
Lo sigue por las escaleras y lo pierde en el elevador. Mauricio parece conocer el camino.
Lucero lo encuentra jugando nuevamente con el husky, pero ahora Mauricio lo monta y le jala las orejas. Nueva llamada telefónica — Chin —.
— ¿Lucero? —una voz ansiosa pregunta su nombre.
— Maestra, ¿qué onda? ¿Cómo le va? —buena actriz. Tapa la bocina— Shhh, ¡Niño, cállate! Y deja ese perro.
— ¿Cómo les va a ustedes, Lucero? ¿Todo bien? ¿Ya terminaron?
— Casi, maestra, casi —el perro sale corriendo y el niño tras él.
— Te escucho agitada, Lucero, ¿Pasa algo?
— Nada, maestra, nada; Es el esfuerzo de las escaleras —se acomoda un mechón.
— Oye, Lucero, sólo queía preguntarte si leíste el recadito que te deje en una libreta de hojas amarillas sobre la mesita del teléfono... —el tronar de unos nudillos acompaña la llamada.
— Sí, sí, maestra, sí... lo leí —Lucero lucha por alcanzar la libreta que está en el piso, la toma y trata de leer en lo que quedó de la hoja después de que el perro la mordiera, se comiera la mitad y Mauricio dibujara naves y carritos con una pluma roja en ella.
— Perfeto, Lucero, perfeto eso me tranquiliza bastante; En una hora estraremos por ahí. Nos van a esperar, ¿Verdad, bambina?
— Seguro que sí maestra, aquí la vamos a esperar...

Piso diecinueve. Frente a las escaleras la puerta abierta del departamento “2001”. Con toda la cautela del mundo Lucero empuja la puerta y llama a Mauricio. Nadie responde. Desdobla los restos del papel rayado y mordido: “... sólo en esa puerta pueden entrar. En ninguna ot...”


— ¿Podemos llegar por una pizza para invitar a cenar a los muchachos? Amor
— ¿Estás segura? Sara, no quisiera encontrar sorpresas.
— Todo está bien, Gabriel, ¿por qué te apuras tanto? —el atardecer enmarca a la pareja rumbo a su nuevo y tranquilo hogar. Ja.

           
Lucero se guarda el pedazo de papel, traga saliva y entra a buscar a su novio por la única puerta abierta que ve; Recorre el departamento; En el radio suena la canción que ella bailó con Mauri en su graduación de la secu; En la cocina hay un calendario del año 2001; en una de las habitaciones escucha ruidos. Asoma con precaución su cabeza; Lo primero que ve en la recámara la hace pegar un grito: Un espejo. Lo que observa enseguida la hace salir corriendo llevándose a sus dos compañeros de ahí.


— Ahora, Gabriel, tendremos que arreglar todo esto. Hola, Lucero —Sara se dirige a la cocina. Una mirada de desconcierto a punto de llanto es la respuesta de la aludida.
— ¡Maestraaaaa! —la delgada chiquilla sigue a Sara a la cocina cargando al bebé envuelto en una playera deportiva. El cachorrito gris tras ella.


Risas de bebé.

Tras cenar la pizza, explicarle los hechos a Lucero y recoger la mesa.

Carcajadas de bebé.

Sara lava los platos; Gabriel en la mesa está tratando de arreglar una catrina —un pequeño esqueleto de barro vestido elegantemente— que se rompió en la reciente mudanza. El cachorrito termina con los restos de la cena y Lucero hace carcajearse al bebé.

— Lucero, no le estés haciendo tocamientos a tu novio. No es correcto —de espaldas, Sara reprende a Lucero quien tiene al bebé sin pañal sobre la barra de la cocina.
— ¡Maestra! O sea, pero que si para nada, no le estoy haciendo nada a Mauricio —se ruboriza.
Sobre sus anteojos Gabriel le dedica una mirada y una sonrisa. Regresa a su tarea.
— Lucero, sé reconocer dónde le haces las cosquillas al bebé. A mí no me engañas, conozco esas risas.

El bebé empieza a llorar.

— Bueno, todo ha salido bien hasta ahora —Suspira Sara; Lucero, recuperada su edad, asiente.
— Ahora veamos si lo logra el Mauri —completa la idea Gabriel quien carga al cachorrito Coster y en cuclillas se dirige al niño—. Escucha bien moconete, ahora tienes siete años pero lo puedes hacer solo. Tienes que entrar por esta puerta, ¿me entiendes?
El niño asiente deteniéndose los pantalones.
— Te vas directo a la puerta del patio y sales por esa puerta, ¿está bien? No te vayas a regresar y salir por esta puerta. Por cierto —baja la voz para que las mujeres no lo escuchen — Bela figa, cabroncito, bela. —en su volumen normal— ¿Me entendiste, bambino?
El niño asiente de nuevo con una sonrisa maliciosa. Lucero mira angustiada a Sara.
— No te preocupes Lucero, si sales por la misma puerta por la que entraste, pierdes años, pero si sales por la puerta trasera los ganas. Todo saldrá bien. Ya lo viste tú.
— O sea, eso equis, maestra; Lo que me estresa es que, tipo, no se le quite lo naco. Tanto tiempo que me había costado educarlo. Que oso.

Mauricio entra frente a ellos en la puerta marcada con un “1995” y tras un breve momento sale por la puerta de las escaleras que vienen del piso inferior. Tiene diecisiete años, la ropa le queda bien, abraza emocionado a Lucero.
— ¿Qué onda, chiquilla? ¿Cómo estás?
— Bien —se resiste a continuar, esperando una desagradable sorpresa — ¿Y... tú?
— Pues...  —inicia él.
“No dijo poss, no dijo poss” pensó Lucero.
— Me siento bien, solamente no sé por qué me duele mucho la nalga izquierda, como si alguien me hubiera dado un buen pellizco.
           
El resto de los presentes, incluyendo a Coster, voltean a ver a Lucero. Se sonroja.
— Hay, ¡Que oso, amor! Por cierto, a ver niño, sonríe, sonríe.


Tarde por la noche, después de un relajante baño, en la recámara del flamante departamento Sara le dice a Gabriel: Amor, estoy muerta.
— Sí, lo sé, lo sé, a mí también me dejan muerto las mudanzas. De cualquier tipo.
— Te olvidaste de algo —Sara abraza a su marido.
— ¿De qué? —completa el abrazo.
— De Coster.
— No, amore mío, ya estaba demasiado viejo, así que fue intencional —el cachorrito chilla en el patio—. ¿Qué te parecería ir mañana a la Laguna de Venecia a recordar nuestra luna de miel?
— ¿1562?
— Es sólo una idea —y tras una pausa— Si lo sabes usar...
— ...úsalo —Sara apaga la luz.


2 comentarios:

  1. :D Pasando a dejar mi comentario... xD

    n_n Hoy no hay críticas, me gustó el cuento.

    :D ¡Esperando la próxima publicación!

    n_n Gracias por escribir cuentos :D

    ResponderEliminar
  2. o_o Pasando por aquí con la esperanza de ver una nueva publicación de su cuento ¡Oh gran realeza extraterrestre!

    o_o Seguiré esperando su nueva obra...

    u_u Ojalá publique pronto...

    ResponderEliminar