Bajo una helada lluvia el mar de Cortés recibía a sus hijas pródigas: Las ballenas jorobadas. En una balsa de plástico amarillo tratábamos de defender a los mamíferos de una nueva molestia para ellos: el turismo ecológico.
— ¡Vamos! Vamos, ponte en pie para que ya se larguen de aquí. — me ordenaba Jean, un francés líder de este grupo perteneciente al ecologista Grinpís.
— Me voy a caer, el mar está muy picado... — protesté a pesar de ser el más novato.
— Nosotros te sacamos si te caes, vamos ponte en pie...
Pos ahí te voy, que le pego al valiente y trato de ponerme de pie para evitar que otra balsa se acercara a un par de ballenas que ya habíamos localizado; El viento empujaba las gotas de lluvia con fuerza, se me metía el agua por todos lados. Sólo alcancé a ver la proa de la lancha de turismo que se nos viene encima, el morro de la balsa me empujó al agua, todos se hicieron de golpes, insultos y desmanes. Nadie se daba cuenta que la corriente me arrastraba.
El ruido de la tormenta, las olas y los motores ahogaban mis gritos. Pensaba que el próximo ahogado sería yo.
Un bufido de aire, vapor y agua me alertó de la inminente inmersión de una ballena; No perdí tiempo y me aferré a su joroba. La ballena se mantuvo en la superficie como si supiera que yo estaba sobre ella. Nadó por media hora; mientras me dejaba arrastrar me tranquilicé pensando en que no tardarían en dar conmigo.
Aproveche el tiempo para quitarle a la ballena las costras que tenía sobre su lomo, entre todas esas conchas y cosas desagradables le quité algo que parecía un transmisor, me lo enfundé en un bolsillo de mi impermeable. Seguramente sería de algún instituto de investigación o de algún barco ballenero.
Dos horas después me encontraba en la playa renunciando al Grinpís, ni cuenta se habían dado que me caí al agua...
— Sí, wey, tú salvando ballenas y a mí que me lleve la ... — Protesté bastante molesto al Jean.
— Las ballenas están en peligro de extinción, los humanos no. — Me replicó el muy jijo de su marciana madre.
En un compartimiento del tren Pacífico-Chihuahua, acompañado de mi ebrio tío Benito, una señora de mediana edad que ha tejido durante todo el camino y un niño de unos doce años que no me quita la mirada de encima, me aburro regiamente, observo por la ventana el atardecer sobre las barrancas de la sierra de Durango.
— ¿Y de dónde vienen ustedes, joven?
— De Mazatlán, señora. — Respondí despabilándome de mi letargo.
— ¡Ah, pues que bien! — Comenta sin entusiasmo y sin despegar la vista de su tejido.
El monótono ruido de las ruedas del tren sobre las uniones de los rieles ahora me parece más fuerte. Me dirijo al baño, el niño me sigue por el pasillo. Ya han encendido las luces del tren.
— Yo voy primero y no puedes entrar, espérate aquí, niño.
No responde pero me sigue mirando de manera muy extraña. Está muy chiquito para ser rarito pero uno nunca sabe. Me propongo hacer lo que iba a hacer y mientras lo hago suspiro y miro al techo. Por el respiradero se asoma el niño que había dejado afuera, me asusta verlo ahí pero más me sorprende ver su cara con los típicos ojos de los aliens, esos ojos grandes, oscuros, rasgados y todos pupila.
— ¡Ah! ¡Tío! ¡Tío! Un alien, un iti, un marciano, un extraterrestre... — Grito mientras la riego, literalmente.
Abro la puerta y me topo al mismo niño que me sigue mirando sin decir nada, lo hago a un lado y voy corriendo hasta el asiento de mi tío Benito.
La señora me observa sobre sus antejos y sigue tejiendo.
— Tío, tío, despiértese, ándele, que quiero decirle algo.
— ¿Que pasa? ¿Qué tienes ora?
Bajo la voz y le explico lo que vi. El niño está sentado al lado de su madre y ambos nos miran.
— Ya ves, ya nos encontraron y nos andan siguiendo. No tengas miedo, que... que... — Un ronquido semejante al rugido de un león fue la terminación de la frase.
— ¡Tío! No se duerma. — Lo sacudo mientras por la ventanilla veo un rostro alienígeno que observa todo lo que sucede en el camarote del tren.
— ¡Ah¡ Señora, señora, ¿Vio eso? ¿ Lo vio? Dígame que sí lo vio.
— Pues no lo he visto, jovencito, ni lo quiero ver, así que súbase el cierre del pantalón.
— ¡No, señora! — Dije apenado y subiéndome el cierre— allá afuera, un marciano, un...
— No vi nada hijo, pero puedes estar seguro de que... — baja la voz —... la verdad... — Mientras dice eso extiende lo que estaba tejiendo: un pasamontañas para su hijo; se lo pone, al niño, no ella y le baja la parte frontal; Los agujeros para los ojos tienen la forma de los ojos de aliens. El niño me saca la lengua, es decir la de él, no la mía. Sí, adivinaste, era bífida. — ...la verdad... está allá afuera.
Llevamos como seis horas arreando tres mulas, mi tío va dormido al lomo de una de ellas, la primera se sabe el camino y yo voy montado en la última. Todo el año ha sido lo mismo: ver alienígenas por todos lados; No, no estoy paranoico ni loco. Simplemente tras mi primera abducción me advirtieron que regresarían por mí. Yo no quiero acompañarlos. Mi tío Benito siempre recurre al alcohol para tratar de olvidar que él fue abducido hace tres años. Nadie de la familia le cree las pocas veces que cuenta lo sucedido. Yo tampoco le creía hasta que me pasó a mí.
Me secuestraron para pedirme informes acerca del clima del planeta; Te lo imaginarás, todo fue un desastre. Me dijeron que este año tenía que regresar para rendir cuentas acerca de la pérdida de especies en lo ancho del globo. Sí, sé que estamos pésimamente mal, pero... ¿Yo qué culpa tengo? Si hasta tengo un setter irlandés de mascota.
Hemos llegado a un convento franciscano en lo alto de la sierra tarahumara. Ningún tipo de vehículo terrestre es capaz de llegar hasta aquí. Mi tío tiene un primo monje. Les pedirá que me den alojamiento un par de meses, mientras pasa la fecha de nuestro encuentro. El primo Filomeno acepta encantado, resulta que también es primo mío.
— Claro, primo Benito, aquí se puede quedar nuestro primo Pedro. Todo el tiempo que quiera.
La vida en un convento es francamente aburrida; Te levantas y rezas, antes de comer, rezas; después de comer, rezas; A media tarde... bueno, en realidad no es tan diferente de lo que vivía en mi casa con mamá, ¡qué me oiga!
El primo Filo tiene un perro pelón y feo que se llama Peluchín, Ja, se la voló, el pobre perro no tiene ni pelo, es de la raza Xoloitzcuintle. Bueno el caso es que el perro me sigue a todos lados, como el niño del tren; Al principio se mostraba bastante efusivo, ya sabes, se me montaba en la pierna y... bueno, parece que ya se acostumbró a mí así que ya nomás me sigue ¡Hasta el baño! A veces parece que me espía.
En el convento hay una veintena de monjes, pero con quienes más platico, cuando no están rezando, son: Miguel el cocinero: está flaco, flaco; Carlos, Marx le digo yo, es al que más hago enojar cuando hablamos de religión y Amaro, un padre medio curioso.
Me ofrecí a cuidar el rebaño de cabras que tienen y aparte les dije que si querían les podría preparar un cabrito al pastor, ellos me han tratado muy bien; Aceptaron y... pobre cabrito, aunque no se puede quejar, de mi abuelo aprendí a matarlos sin que sufran mucho. Lo hicimos para el cumpleaños de mi tío. Quedó muy sabroso.
Por las mañanas Miguel, después de almorzar, y rezar, salía a un patio donde tenía macetas con hierbas y especias, siempre arrancaba una hojita de hierbabuena para refrescarse el aliento, pronto agarré la costumbre. A todas las plantas les hablaba pero en especial a un rosal rojo. Hasta poesía le leía. Dice que así crecen mejor.
A mediados de Marzo, estando en un cerro cuidando el rebaño de cabras reparé en algo que no había visto, al menos no en estas tierras. En la nopalera del convento, la cual ocupaba una área bastante grande, había dibujos geométricos, como los de los campos de trigo en Inglaterra. En serio, eso ya me dio cuidado, supuse que no tardarían en venir por mí otra vez. Claro que estos grabados no tenían la perfección de aquellos pero inconfundiblemente se notaba que eran algo artificial. Chin.
La noche del 21 de Marzo, tras festejar a mi tío, una potente luz que entró por la ventana me sacó de mi sueño. No otra vez, pensé. Sólo falta que truene. Un trueno confirmó mis sospechas. Tomé mi mochila dispuesto a huir de ahí, cuando algo que escuché me tranquilizó: Estaba lloviendo, realmente eran truenos y rayos. Bueno, eso pensé. Me puse el impermeable para ver llover en el desierto, es una experiencia única. Salí al patio, las plantas parecían disfrutar del aguacero. Un ruido en el corral de las cabras y los ladridos del Peluchín me llevaron a averiguar con mi linterna bajo la tupida lluvia.
Mi sorpresa no fue mayúscula, ya me estaba acostumbrando, pero ver un alien gris, ojón y flaco tratando de cargar una cabra mayor que él era un espectáculo gracioso. El ruido de una maceta al caer hizo que me girara para descubrir una par de entes cargando las plantas del cocinero. Los ladridos del perro seguían aumentando. Los aliens se concentraron en el patio donde me encontraba. Descubrí a uno en el corral, estaba debajo de un macho cabrío, y repentinamente comprendí que lo del chupacabras era todo un malentendido. — Eeerrrrr, oye, sólo las hembras dan leche. — le dije y salió corriendo. Algunos monjes se levantaron a averiguar que pasaba.
Vertiginosos rayos de luz descendieron de la nave y elevaron a los aliens con su cargamento de animales y plantas. Faltaba yo. El rayo me atrapó y empezó a elevarme muy lentamente. Los monjes salieron boquiabiertos. Yo les hice como que les repartía bendiciones, algunos se hincaron, otros me llamaban “San Pedro”, unos se pusieron a cantar el “Alabaré, alabaré, alabaré”. Filo, el más curioso, se acercó con la boca abierta mientras me veía elevarme sobre el suelo. No resistí la tentación y toqué su cabeza justo ahí donde los monjes no tienen pelo. Al instante un mechón de cabello rellenó el área calva; Filomeno cayó desmayado a mi contacto.
— ¡Don de sanación! Pedro tiene don de sanación — Alcancé a escucharlos gritar. Los más calvos se acercaron para que les tocara la cabeza. Me hizo gracia. Hasta me sentí político repartiendo saludos. Una calva por aquí, otra calva por allá.
Uno tras otro fueron tocados por mí e inmediatamente caían como fulminados al suelo. Los cánticos se escuchaban más fuerte. Supuse que ese “don” de hacer crecer el pelo era un efecto secundario de la abducción. Si lo conservo a mi regreso, seré rico. Pensé. Aplaudí y me di golpecitos en la frente por la maravillosa y lucrativa idea que había tenido. El convento quedó muy abajo.
“Alabaré, alabaré, alabaré”.
Bueno el resto ya te lo he platicado: La sala de recepción, las malas caras y ahí te dicen a dónde dirigirte y de qué se trata la prueba a superar. Esta vez me envían a una sala triangular con una mesa igual. En uno de los vértices se encuentra un ser delgado vestido con un traje apretado y sostiene algo que parece un micrófono. Lo llaman Lura.
En uno de los lados de la mesa están alineadas las macetas del convento, creo reconocerlas: el Rosal, la Menta y la Hierbabuena.
En el otro lado se encuentra la Cabra y el Perro. Yo estoy sentado en el lado contrario al vértice donde se encuentra el tal Lura. Todos tenemos los consabidos cascos traductores, bueno las plantas tienen algo así como electrodos pero supongo que podrán entender lo que yo diga.
Repentinamente el tal Lura se puso de pie y empezó a decir cosas; No le entendía nada. Supuse que el casco estaba descompuesto y busqué cómo conectarlo o alguien que me ayudara. No veía a nadie y entonces el tal Lura se me acercó gesticulando de feos modos. Le hice señas y pareció comprender, alguien me cambió el casco y en ese cambio un mechón de pelo cayó ante mis ojos, no recordaba traer el pelo tan largo. Empecé a entender lo que decían: “... así es mis queridos seres visitantes, estamos aquí para ver el caso del señor Pedro contra las especias (—¿perdón? —pensé) del Planeta ZY—680215—QCA — 03/11. Invitemos al público.” Un aplauso surgió a mi espalda. Y entonces me percaté de que esto iba a ser todo un show.
— Oiga, señor pero... ¿De qué se tra... — Comencé.
— ¡Señorita! — Me corrigió — Y ya lo expliqué y no lo voy a volver a explicar.
— Perdón, señorita Lura.
Uno a uno Lura fue entrevistando a mis compañeros de abducción y cada uno de ellos se quejó amargamente de mi especie, a su modo.
El Rosal dijo, en su muy particular estilo:
“Hombres necios que acusáis
a las especies sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis.
Si con ansia sin igual
Hacéis su desmán
¿Por qué queréis que obremos bien
si nos tratáis tan mal?
Combatís su resistencia
Y luego con gravedad...”
— “Ya, ya, ya, ¡fuera! ¡fuera! ¡fuera!”— fue lo que se ganó.
El siguiente entrevistado fue la Hierbabuena, el casco me dejó escuchar: “Son demasiado crueles, nos destierran, literalmente, y nos obligan a vivir en habitáculos mínimos” hacía pausas dramáticas entres sollozos “nos hacen caso cuando les da la gana y sólo nos tienen por interés, y él, sí ¡él!, diariamente me ¡mutila! Miren.” Dijo señalándome teatralmente con dos de sus ramitas rotas de donde le había arrancado unas hojas para refrescar el aliento.
Un “woooooooohh” del público espectador inundó el recinto. La planta se puso a llorar, y los insultos hacia mí no se hicieron esperar. Ya me sudaban las manos, pensé, pero en realidad me había empezado a crecer vello en las palmas. El aplauso en la abducción, por supuesto, recordé. Me toqué la frente y no lo podía creer, la palmada que me di hizo crecer el cabello en esa parte, como a los monjes. Ora sí, el Rey Capilas.
— Al público, por favor, vamos a ver, calma, calma. — Pidió Lura. — Que ahora hable la madre del asesinado, que hable la Cabra. Adelante, Señorita Cabra. — Tenía un acento sudamericano, Lura, no la Cabra, colombiano o peruano, no sé.
— Sí señorita Lura, ¡ese! Ese es un asesino — Comenzó la Cabra mientras lloraba y lloraba, repetía que yo era un asesino, que había matado a su hijo delante de ella, que lo había destazado y despellejado con suma crueldad y que de pilón... “meeeeee lo arreeeebató, meeeee lo mató, meeeee lo despellejó, meeeee lo comió”. ¡Changos! ¡El cabrito del cumpleaños de mi tío! Los mechones de cabello ocultaban mi rostro. La Cabra se quiso abalanzar contra mí pero una especie de gorilas la detuvieron.
Unos ruidos ininteligibles me llegaban del público, suponía que me estaban insultando. Pensé que me iban a linchar. Esto no iba a salir nada bien. ¿En qué te metiste ahora, Pedrito?
Le cedieron la voz a la Menta, ella dijo que estaban exagerando, que no era tan malo cómo me pintaban, que me hacía cargo de las plantas y de los animales, que los cuidaba y los alimentaba, y lo que yo tomaba a cambio en realidad no era gran cosa. Fue la única que habló a mi favor. Algunos aplausos escasos y muchos ruidos raros en el casco.
El méndigo perro se portó bastante ídem. Dijo que me anduvo vigilando todo el tiempo y que sí, soy medio cabrón. A parte me quemó bien gacho. Le hice una seña y me enseñó los colmillos. Los gorilas nos detuvieron.
— Que pase la amenazada ... — Gritó Lura y el público rugió, una parte literalmente.
No sabía a quien se dirigían, nadie respondía. Los abductores aseguraban que habían traído a todos los invitados. Insistieron e insistieron, finalmente Lura dijo que tenían un localizador para el invitado que faltaba. Lura marcó por su celular. Una vibración y una musiquita del “Y tuvimoooos un sirenito...” salió del bolsillo del impermeable que yo traía.
— “Seeeeee la comió, seeeee comió a la ballena, meeeeendigo” — Dijo la cabra.
— En la madre — dije yo, mientras sacaba el localizador que le había quitado a la ballena. Todo mundo se asustó. Yo no sabía dónde meterme.
El rosal recitó:
“Los asesinos callan.
El asesino es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los asesinos buscan,
los asesinos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los asesinos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.”
Comerse un cabrito pasa, pero ¿una ballena? No mames, ¡cabrón! — Terminó.
El Peluchín me empezó a gruñir, la Menta me la mentó, y la Hierbabuena se desmayó. Lura pidió silencio; Seguridad aplacó a algunos entes del público que se querían abalanzar contra mí, entre ellos la señora del tren con todo y su niño y las agujas de tejer. El chupacabras del corral me arrojó un envase de leche. Yo casi lloraba, pero pude explicarles, quitándome los cabellos de la cara, de dónde había sacado el localizador, lo que trataba de hacer por las ballenas y todo lo demás, el ambiente se tensó. Lura recuperó el control.
Mi casco volvió a fallar. Mientras, Lura repartía unos controles a cada participante de la mesa; Me perdí la explicación. Me cambiaron el casco. Sólo alcancé a escuchar por parte de la Menta, que se dirigía al Perro: “¡Pero tú siempre practicas la lluvia dorada sobre todas nosotras!” Y dicho eso, del control que nos acababan de entregar, pulsó el botón correspondiente al Perro quien no alcanzó ni a poner la cara de tonto y se desmayó. Supuse que era algún método de castigo o algo así. El Perro tardó en volver en sí. Extrañamente movía la cola. Yo me preparaba para lo peor.
— Hagamos un trato — Comenzó el Rosal dirigiéndose a la Cabra y continuó:
“Compañera
usted sabe
que puede contar
conmigo
no hasta diez
sino contar
conmigo
si alguna vez
advierte
que la miro a los ojos
y una veta de amor...”
La Cabra pulsó un botón y el Rosal cayó fulminado. — Neeeee — dijo la Cabra — Usted meeeee espinó la boca cuando lo quise probar, a mi no meeeee venga. — Afortunadamente a mí no me habían involucrado, aún.
El Perro a su vez fulminó a la Menta, dijo que le había dado chorrillo cuando la probó. Que miedo. La Menta a la Cabra, el Rosal al Perro y la Cabra a la Hierbabuena. Yo sólo miraba, Lura puso orden y les recordó que el juzgado era yo.
— Por mi hijo — me apuntó la Cabra — y por cabrón. — Dijo y disparó.
Repentinamente sentí un extraño desvanecimiento, mi cabeza chocó con la superficie de la mesa, por fortuna la mata de pelo en mi frente amortiguó el golpe. Temí lo peor pero... pero... esperaba sentir un dolor intenso, pero... no, no era como un dolor, era algo así como un... como un... ¡orgasmo! Sí, era un orgasmo. Ahora entendía las pequeñas muertes de mis compañeros. Si en este planeta consideran el orgasmo como un castigo han de ser panistas o de ultraderecha o católicos. O todo junto. Ahora entendía por qué todos se disparaban unos a otros. Y entré al juego.
Le disparé al perro por ser el mal amigo del hombre, por andarme espiando y por decir lo que vio cuando me espiaba, mira que decir que por eso me salieron los pelos en las manos. ¡Toma, culero! Eso me salió del alma.
Alguien me disparó a mí. Whoooaaa. Contraataqué: a la Menta por chismosa, ¡Toma, ramera!; Al Rosal por mamón, ¡Toma!; Whoooaaa. A la Hierbabuena, ah, pobrecita se me hace que era virgen y no sabía — Whoooaaa — qué era eso, ¡Toma! Para que sepas de lo que te pierdes. A la Cabra por cabrona y a mí por no dejar. Whoooaaa.
Bueno, el caso es que acabamos todos orgasmeados; Ni siendo adolescente me había orgasmeado tantas veces seguidas.
— Seguridá, seguridá — Gritó Lura. La gacha hizo que nos quitaran los controlcitos, claro que yo me quedé con el control orgásmico y en su lugar les di el localizador de la ballena. Lura llamó a más gente. Chin. — Que pasen los del Jurado.
Por una puerta entraron rodando unas grandes esferas que parecían balones desinflados cubiertos por banditas adhesivas. Por el otro entró Jean, el francés de Grinpís. Los sentaron en una mesa, sí, arriba de la mesa, y discutieron sobre mi culpabilidad.
Las esferas se quejaban de que mi escondite en el convento lo elegí con alevosía ya que tuvieron que marcar el sitio del aterrizaje en la nopalera con los visibles resultados.
El Jean fue buena onda y dijo que yo me había portado bien y que hacía cosas en beneficio de los animales y las plantas, que no todos los humanos somos tan idiotas, (eso último no supe si tomarlo como un halago o como una ofensa) además aseveró que la inteligencia en la tierra es una constante matemática, el problema es que la población va en aumento. Duuuh, sigo sin entender eso. Ah, y aseguró que aún pertenecía al Grinpís.
El veredicto fue que nos darían otro año de prueba antes de que firmáramos el finiquito.
Aún con los cascos el Peluchín se negaba — No, no te voy a decir cómo los soborné. Oye, por cierto, qué manera tan rara tienes tú de celebrar. Eso de agarrarme de las patas delanteras y bailar conmigo, luego agarrarme de las patas traseras como carretilla, sobarme el rabo y las orejas; ¿En serio así festejan en tu tierra?
Pobre wey, lo dejé como french pud recién peluqueado. Así todo jotillo.
Lo único que me explicó fue que sobornó a uno de los aliens para que ajustara el umbral del dolor de los controles de tal manera que quedaron en nuestro nivel de placer. Nunca me quiso decir cómo lo sobornó, pero cuando me dijo quién era el responsable de los controles, lo sospeché. Era otro chupacabras.
Al final nos entregaron unos premios, a mí me habían dado un viaje (sencillo) por toda la galaxia pero lo catafixié por una depiladora láser. Me hacía más falta. En el transcurso del regreso la estrené, después se la vendí a una tía que tenía una estética; Ahora está riquísima, sí, también de dinero; Yo no sabía que en la tierra no se conocía la depilación láser. Sí, ya sé, que wey.
Camino a casa me topé a Mayela, mi vecinita, probé el control y no vi resultados; a la mejor está muy chiquita para eso o en la tierra no funciona, igual que mi antiguo “Don”. Me puse el control en el impermeable y por un momento me olvidé de él.
Cuando llegué a casa abracé a mi mamá. Enseguida se disculpó y salió totalmente abochornada.
— Es la meno. — Dijo mi hermana — ¿Y ora, por qué llegas dando abrazos tú? ¿Si nunca eres tan cariñoso?
— Es que me parece que no los veía desde hace como un año — La abracé.
Acto seguido mi hermana dijo “Whoooaaa, ¡Manito!” y me pidió otro abrazo. Parece que le dio mucho gusto verme.
A mi hermano también lo abracé. Nunca olvidaré la cara que puso. Creo que ese fue el inicio de su período rosa.
n_n Su cuento fué de lo más entretenido.
ResponderEliminar:D La participación de la ballena en la obra fué genial!, n_n breve, sutil, latente y vital para el desenlace de la misma.
n_n Gracias por aceptar sugerencias!!!
:D Sus cuentos siempre tienen una parte cómica que deja un buen recuerdo en la memoria.
n_n Gracias otra vez por el regalo que le da a sus lectores!
:P Ojalá pronto publique de nuevo!
n_n Sus fans le estaremos esperando!
:D Gracias y hasta pronto!
n_n